Nació en Málaga un 25 de octubre, en 1881. Pocos nombres están tan gastados como el de Pablo Picasso: aparece en tazas, en remeras, en frases motivacionales –muchas de las cuales probablemente nunca dijo–. Decir “genio” es fácil. Mirarlo de verdad es arriesgarnos a un ejercicio más complicado.
Y para eso vamos a basarnos en el método que el mismo Picasso nos dejó. El cubismo, que inventó junto a Georges Braque, propuso algo que en su momento pareció un disparate: mostrar un objeto desde varios puntos de vista simultáneamente. La guitarra de frente, de costado y desde arriba, todo en el mismo cuadro.
Vale la pena hacer eso mismo con Picasso: mirarlo desde tres ángulos distintos –incluido el que más incomoda–. Así se lo recuerda mejor que con una estatua.
Primer ángulo: aprender a dibujar como un chico
Su padre, José Ruiz Blasco, era profesor de dibujo. A los 12 o 13 años, Pablo ya copiaba yesos clásicos con una precisión de adulto. Tenía el oficio académico completo antes de terminar la infancia.
Se le atribuye una frase –que supuestamente dijo al salir de una muestra de dibujos infantiles–: que de chico dibujaba como Rafael, y que le llevó toda la vida aprender a dibujar como esos chicos. Es muy probable que nunca la haya dicho así. Pero apunta a algo cierto: su búsqueda no fue sumar técnica, sino animarse a soltarla.
Hay una obra que lo muestra mejor que cualquier frase. Entre diciembre de 1945 y enero de 1946, en un taller de litografía de París, Picasso dibujó un toro once veces. El primero es un animal macizo, con volumen y sombras. En cada versión le fue sacando algo. El último es un puñado de líneas, y sigue siendo inconfundiblemente un toro.
No se olvidó de dibujar: hizo síntesis. Quitar lo que sobra hasta encontrar lo esencial. Para quien dibuja, es una clase de dibujo entera. Y para quien cree que “no sabe dibujar”, es una invitación: el trazo libre no es lo contrario del oficio. A veces es su punto de llegada.
Segundo ángulo: el artista que no respetaba fronteras
Picasso fue pintor, pero también escultor, grabador, ceramista, escenógrafo, poeta y dramaturgo. No como hobby: se metía en cada lenguaje hasta el fondo.
En su período rosa, entre 1904 y 1906, pintó saltimbanquis, arlequines y acróbatas –la gente del circo y de la feria–. Una década después llevó ese mundo al escenario. En 1917 diseñó el telón, los decorados y el vestuario de Parade, un ballet de los Ballets Rusos de Diaghilev, con libreto de Jean Cocteau, música de Erik Satie y coreografía de Léonide Massine. El argumento: unos artistas de circo que hacen lo imposible para convencer al público de que entre a ver su función. Cualquiera que haya hecho clown conoce esa desesperación.
También escribió teatro. En 1941, en el París ocupado por los nazis, escribió El deseo atrapado por la cola, una pieza absurda y desbordada. En marzo de 1944 se hizo una lectura en la casa del escritor Michel Leiris, dirigida por Albert Camus, con Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir entre los lectores. Difícil imaginar un elenco semejante.
No todos lo entendieron. En 1932, después de su primera gran retrospectiva en un museo, en Zúrich, Carl Jung publicó un artículo en el que le atribuía rasgos de enfermedad mental. Fue un escándalo internacional.
El psicoanalista Jacques Lacan mantuvo una relación asidua con Picasso. A tal punto que una de las frases más popularizadas de este artista –“yo no busco, encuentro”– fue tomada por Lacan y desplegada en sus seminarios, permitiéndole a su vez repensar algunos de sus fundamentos teóricos.
Y en 1937, cuando la aviación nazi bombardeó el pueblo vasco de Guernica en plena Guerra Civil Española, Picasso respondió con un mural de casi ocho metros para el pabellón de la República en la Exposición Internacional de París. Guernica se volvió el gran símbolo contra la guerra del siglo XX. Picasso dispuso que el cuadro no entrara a España hasta que se restablecieran las libertades democráticas. Llegó en septiembre de 1981, ocho años después de su muerte, y se inauguró en Madrid el 25 de octubre de ese año: el día en que habría cumplido cien años.
Tercer ángulo: el que más nos incomoda
Hasta acá, la parte que más seduce de la vida y obra de Picasso. Pero si vamos a mirarlo desde todos los ángulos, hay uno que no se puede esquivar: cómo trató a las mujeres de su vida.
En 1927, con 45 años y casado con la bailarina Olga Khokhlova, conoció en una calle de París a Marie-Thérèse Walter, que tenía 17 años. Algunos años después se vinculó con Dora Maar, una fotógrafa surrealista con una carrera propia y reconocida. Alentada por él, dejó la fotografía por la pintura, y quedó fijada para siempre como la “mujer que llora” de sus retratos. Tras la separación, Maar atravesó una crisis profunda, y fue Lacan quien se ocupó de su tratamiento. Dora Maar llegó a lamentar que se la siguiera conociendo como la amante de Picasso y no como artista.
La pintora Françoise Gilot tenía 21 años cuando lo conoció; él, 61. Fue la única de sus compañeras que lo dejó. En 1964 publicó Vida con Picasso, donde relató, con una lucidez notable, la dominación y la crueldad de esos años. Picasso intentó frenar el libro en los tribunales, pero sin éxito. Vendió más de un millón de ejemplares.
En 2023, a cincuenta años de su muerte, varios museos revisaron su figura. El Museo de Brooklyn, en Nueva York, montó una muestra junto a la humorista Hannah Gadsby que lo miraba con una lente feminista, y que recibió tantos elogios como críticas. La pregunta de fondo sigue abierta: ¿se puede separar la obra de quien la hizo?
No hay una respuesta cerrada. Pero quizás no haga falta elegir entre admirar y mirar críticamente. Se puede reconocer que Guernica cambió la manera de pensar el arte frente a la violencia, y a la vez escuchar lo que Gilot y Maar contaron. Y, de paso, buscar la obra de ellas: las dos fueron mucho más que “musas”.
Lo que nos queda de Pablo Picasso en El Andén
De estos tres ángulos se desprenden al menos tres invitaciones.
La primera: animarse a desaprender. Jugar con el trazo, con el color, con la forma, sin la presión de “hacerlo bien”. Es lo que intentamos en nuestros talleres –donde la propuesta del toro de Picasso es un ejemplo elocuente–.
La segunda: cruzar lenguajes. El que pinta puede actuar; el que actúa puede escribir. Es la premisa de que las artes se enriquecen cuando dialogan, y que el cruce también incluye la palabra y la escucha.
La tercera: mirar con ojos propios, también a quienes admiramos. Sin estatuas y sin cancelaciones automáticas. Con la complejidad que tienen las personas reales. Para quien quiera explorar alguna de ellas, los talleres de El Andén son un buen lugar para empezar. Podés explorarlos aquí mismo en la Página Principal.